El chico de la guitarra

Tengo una amiga a la que apenas veo porque siempre está muy ocupada. Hace unos días la secuestré durante un par de horas para que me contase que había sido de su vida en el tiempo que llevábamos sin vernos.

Nos sentamos en Starbucks, ella con un caffè latte en las manos, yo con una enorme taza de earl grey, y de tantas cosas como podría haberme contado solo acertó a hablar de la impresión que le causó un encuentro casual que había tenido en el metro varios días atrás.

Como una moderna Sherezade, sentada frente a mi, comenzó a desmadejar su cuento. Yo me arrellané en el sillón, puse mis cinco sentidos y, bebiendo a sorbos mi té, me dejé atrapar por la historia.

Volvía mi amiga una noche a casa, agotada después de un día largo y duro. Era bastante tarde y lo único que deseaba era llegar pronto y meterse en la cama a dormir. El viaje diario en metro era para ella una especie de paréntesis en su vida normal: le servía para evadirse. Como a mi, le gusta escuchar música mientras viaja. En su caso, lo hace para acallar todas las conversaciones que ha tenido durante el día, pero sobre todo, para silenciar las que se han quedado pendientes. Esa noche el tren estaba casi vacio y en calma.

En una de las paradas entró en el vagón un chico con una guitarra. A mi amiga no le gustan los que cantantes del metro porque ponen fin a su pausa diaria. Sin embargo, tuvo que mirar y sobre todo escuchar a este chico. Era delgado y moreno, bastante joven e iba vestido con unos jeans gastados y un largo pañuelo atado a la cabeza, como un pirata; los extremos del pañuelo casi llegaban el suelo.

El chico tocaba la guitarra pero no cantaba, hablaba. Mi amiga intentó ignorarle pero por alguna razón no pudo porque parecía no querer nada, no necesitar nada, no pedir nada… ni siquiera que le oyesen. Solo contaba una historia que dicía ser suya pero que podría pertenecer a cualquiera. Después empezó a cantar una canción que mi amiga conocía bien: “Lobo López” de Kiko Veneno. La historia de un esperado/inesperado encuentro/reencuentro en el que quedó mucho por decir.

El chico terminó de cantar y salió del vagón rápidamente, silvando; ni siquiera pidió dinero. Se marchó dejando a mi amiga inmersa en una cadena de pensamientos y con varias monedas todavía en las manos hasta que llegó su parada.

Bajó del tren tatareando la canción y se fue respirando el aire frío de la noche camino del portal de su casa. Una gran pregunta tomaba forma poco a poco dentro de su cabeza: ¿es posible que la esperanza sea realmente una mala compañera? ¿Nos dedicamos a perseguir eternamente finales felices, aunque no los encontremos?

Mi amiga se puso a pensar también en las huellas que nos dejan a todos los que pasan por nuestras vidas, sea cual sea el tipo de relación que tengamos con ellos. Muchos, y según el caso, te regalan como recuerdo una especie de costra dura o de grieta honda sobre la piel y no te queda otra que aprender a vivir con ello. Pero si pudieses moldear esas marcas, ¿qué cambiarías? ¿Qué harías si en una situación determinada tuvieses otra oportunidad? Me dijo que por primera vez en varios días, se le escapó una sonrisa al entender que recordando el pasado e imaginando el futuro el protagonista de la canción se hubía olvidado de vivir el presente.

Esto llevó a mi amiga a recordar otra canción, de Cher esta vez, en concreto una frase: “Do you believe in life after love?” ¿Crees en la vida después del amor? Para Lobo López la vida había quedado en suspenso, en una especie de limbo del que no podía salir ya que todos sus pasos estaban dirigidos a planear un futuro imperfecto con alguien para quien él ya era un pretérito perfecto.

Terminando nuestro café y té, mi amiga y yo estuvimos de acuerdo en que lo mejor para el protagonista de la canción sería poder encontrar un bálsamo milagroso que le dejase la piel nueva y lisa, que le borrase los recuerdos. Porque mirando de cerca todas sus cicatrices, ¿podría volver a asumir ese riesgo sin volverse loco? ¿Debería hacerlo?

Llegó la hora de marcharse. Mi amiga y yo nos despedimos y cada cual se fue hacia su parada de metro. Desde entonces le doy vueltas a la historia. No he llegado a encontrarme con el chico de la guitarra y si me lo cruzase no sé si me atrevería a preguntarle qué significa la historia de la canción para él. Pero me gustaría saber si al final su Lobo López se atrevió a pasar página y, por tanto, a tener nuevas marcas sobre su cuerpo.

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