Viaje a Estocolmo

Aeropuerto de Barajas. T4.

A menudo hay sitios que te atraen sin que sepas muy bien por qué. En mi caso, y quizás porque soy del Sur, me atrae el Norte. El pasado verano no sabía muy bien qué hacer en vacaciones y pensé que era el momento de cumplir con dos objetivos vitales pendientes: hacer un viaje en solitario y conocer el Norte de Europa. Así que me fui a Estocolmo sola.

Cualquiera que me conozca un poco sabrá que sin haber vivido nunca allí, soy una fanática de todo lo nórdico en general y de lo sueco en particular. Me vuelven loca IKEA y H&M y me puedo pasar horas leyendo novelas policiacas ambientadas en algún lugar remoto y frío. Yo creo que ya de pequeña apuntaba maneras: uno de mis primeros recuerdos es de Paul Newman en una de las escenas finales de la película “El Premio”, una trama de suspense ambientada en el Estocolmo de los años 60 durante la entrega de los Nobel.

Pero como decía antes, también tenía otra cuenta pendiente: viajar sola a un sitio donde no conociese a nadie. Era algo que quería hacer desde hace mucho tiempo, una especie de reto personal: tenerme a mi misma por toda compañía al tiempo que me mantenía atenta a lo que pudiese encontrar por el camino.

En esta primera vez decidí ser indulgente y ponermelo fácil: no planifiqué nada. Había varios sitios que quería ver pero poco más. La idea era hacer lo que surgiese, lo que me apeteciese en cada momento. Dejarme llevar. Y hacerlo a pie siempre que fuese posible.

La experiencia ha sido sin duda positiva y ha superado con creces mis expectativas, tanto por la ciudad que he visto como por lo que he aprendido de mi misma. Así que mientras planeo mi próxima aventura voy a contar aquí, en varios posts, parte de lo que vi y sentí… porque también en Estocolmo pasan cosas mientras voy y vengo.

Empezaré por la historia de las familias…

Plaza en Gamla Stan

Una de mis últimas tardes en la ciudad, después de un día caluroso, me fui a dar una vuelta por Gamla Stan, la ciudad vieja. Estuve callejeando sin rumbo, mirando los edificios, las calles, las personas… Terminé en una plaza en la que había bastante movimiento: terrazas con veladores y gente de todas partes. Me senté en la puerta de una casa a descansar un rato. Al poco una pareja sueca de mediana edad que parecían estar dando un paseo, se detuvo cerca de mi a mirar una pequeña estatua que había en la esquina. Unos mimutos más tarde, un par de chicos jóvenes atravesó corriendo la plaza, se acercó sigilosamente a la pareja por detrás y con un movimiento rápido… se abrazaron a ellos. La mujer se volvió sobresaltada y cuando vio la cara de los chicos se puso a llorar de alegría. Se marcharon después y me quedé allí imaginando la historia que había detrás de aquél abrazo.

Sonriendo, me puse en pie y seguí caminando. Cuando me paré de nuevo estaba en la puerta de una tetería. Me encanta el té y tenía sed, así que entré, me senté y pedí en inglés la carta. Mientras me decidía el camarero se fue a atender otra mesa. Para mi sorpresa, todos se pusieron a hablar en español. Cuando el camarero volvió para tomar nota me puse a hablar con él en mi idioma. Era muy simpático y además de recomendarme uno de los tés más ricos que he tomado, me contó su vida: era argentino y había terminado en Estocolmo por amor. Se enamoró de una sueca bailando un tango y la siguió hasta la otra punta del mundo. La historia de amor se había terminado pero le había dejado como recuerdo un precioso bebé medio sueco y por él seguía allí.

Me quedé pensando en las vueltas que da la vida mientras saboreaba mi té y miraba a los otros clientes que había en el local. Eran sin duda una familia: abuelos, hija y nieto. El niño tendría unos cuatro años y todos, con mucha paciencia, le enseñaban a contar en español. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… animándole con cada acierto. En un momento dado se levantaron para marcharse y al pasar por mi lado, el abuelo se puso a hablar conmigo. ¿De dónde eres? Quiso saber. Se lo conté y él a cambio me regaló su historia: eran una pareja de chilenos exiliados desde la dictadura de Pinochet que habían criado a su hija en Suecia y ahora que esta hija les había hecho abuelos, intentaban que el niño creciese conociendo su idioma materno.

Terminé mi té y me despedí del camarero argentino y la familia chilena, que seguian charlando. Me puse a andar y llegué a mi rincón favorito de Estocolmo: el parque que hay detrás del Ayuntamiento, Stadshuset. Me senté en unos escalones desde donde podía ver el edificio de ladrillo rojo, el muelle y el resto de la ciudad al otro lado del agua. Estaba atardeciendo y soplaba un agradable aire fresco. Había bastante gente y reparé en que no todos eran turistas, es más, muchos iban bastante bien arreglados. Al ver un par de vestidos blancos, fotos, abrazos, risas y ramos de flores caí en la cuenta. Bodas. El sonido de una botella de champán abriéndose terminó de confirmarlo. De nuevo familias. En este caso, recien creadas y empezando su historia esa tarde de verano conmigo como testigo anónimo.

Stadshuset

Es curioso, pero aquél día de mi viaje solitario a una ciudad de un país desconocido no lo pasé sola. Me acompañaron varias familias que hicieron que, de nuevo, diese gracias mentalmente por tener la mia aunque en ese momento estuviesen lejos. Esa noche, al llegar al hotel sonreía al hablar por teléfono con ellos.

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