I Love NY

You are the one EmiliaRollanRecuerdo bien lo que hice tal día como hoy hace diez años. Me enteré de la noticia en la redacción del programa de televisión en el que trabajaba y todos nos quedamos conmocionados. Ha pasado toda una vida desde entonces. Y ha pasado rápido. En ese lapso de tiempo tuve la oportunidad de encontrarme por fin con esa ciudad a la que conocía sin haber puesto los pies nunca en ella. Y no me defraudó.

Entré a la ciudad por la noche y cruzando uno de los puentes vi recortarse al otro lado la silueta oscura de los edificios salpicada de miles de luces. A pesar del jet lag o quizás gracias a él, las calles me resultaban familiares, como si hubiese paseado toda la vida por ellas. Y en parte así ha sido.

Para mi Nueva York es un espacio de mi memoria: no sé cuántas películas y series de tv habré visto que la tenían como protagonista, cuántos libros he leído, cuántas canciones he oído. He sido vecina en el bloque de Holly Golightly y he cantado con ella “Moonriver” sentada en una ventana. Carrie Bradshaw es también mi amiga y a veces nuestras vidas van en paralalelo. A menudo soy igual de maniática que Monica Geller y me gustaría ser protagonista de los diálogos ingeniosos que intercambiaban Harry y Sally.

En mi visita recorrí la ciudad a pie para poder saborearla y una de las cosas que más me chocaron fueron las dimensiones, sobre todo la de los edificios. Recuerdo estar parada en una esquina de la Quinta Avenida mirando hacia arriba, a sus pies y no lo veía. ¿Dónde estaba el Empire State? En la cola para subir me tocó al lado de una pareja de italianos que medio me contaron su vida. Habían venido a ver a su familia, emigrantes que vivían en Staten Island y que llegaron muchos años atrás buscando el sueño americano. Llegó mi turno, el ascensor subió rapidísimo y entonces salí al mirador. Fui dando la vuelta, contemplando la ciudad. Norte, Sur, Este, Oeste. La sombra increíblemente alargada de unos edificios cayendo sobre otros, calles rectas, coches y personas del tamaño de hormigas, el mar, los puentes, la Estatua de la Libertad a lo lejos y por supuesto, el enorme vacío al sur de la isla y la sensación de que me habían robado algo.

Dando de nuevo la vuelta por el mirador comencé a hacer fotos. Me paré un momento agarrándome a la reja de seguridad y lo vi. Estaba ahí escrito en negro, sobre el cemento. “You are the one. Be my wife”. Sólo dos palabras: Cary Grant. “Tu y yo”. Nunca sabré quién hizo esa pintada. Nunca sabré si la respuesta fue si o no. Pero prefiero pensar que fue si y que la historia tuvo, tiene y tendrá final feliz. De todas las fotos que hice y de todo lo que vi, esta imagen es la que simboliza ese viaje.

Días después volví a España sintiendo que dejaba algo atrás. Quizás la niña de catorce años que un día fui se quedó allí, la misma que una tarde de verano salío del cine después de ver “Armas de mujer” convencida de que quería ser ejecutiva, conocer a un tipo como Harrison Ford y tener el corte de pelo y el vestuario de Sigourney Weaver, había encontrado el camino a casa.

Todavía no he regresado físicamente a Nueva York aunque en mi cabeza la visito bastante a menudo e incluso a veces, la echo de menos. Woody Allen comenzaba su “Manhattan” en blanco y negro diciendo “Capítulo uno. Él adoraba la Ciudad de Nueva York”. Cómo llevarle la contraria a Mr. Allen, no podría estar más de acuerdo.

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